Historia de las mujeres en Grecia y Roma

Breve historia de las mujeres en la antigua Grecia y Roma

Figurilla griega de terracota del siglo V a. C. Una muestra de la interdependencia entre religión, arte y sexualidad.

La posición que disfrutaba la mujer en la antigua Grecia es hoy todavía un tema polémico pero la podemos rastrear a partir de los textos literarios de sus contemporáneos:

Según Hesiodo (c. 700 a. C.), Zeus había creado a la mujer como un castigo al hombre por el robo del fuego cometido por Prometeo, y la había dotado de un lenguaje astuto, hábitos furtivos y mente licenciosa. Semónides, en lo que ha sido considerada la obra más antigua de la literatura europea dedicada a la mujer, (c. 640 a. C.), la describió como un rival en el vicio, de la cerda, la zorra, la perra, la burra, la hurona, la yegua y la mona. Los hombres mortales eran, por su parte, cándidos y abiertos defensores de una doble moral sexual. Un orador ateniense afirmó que "tenemos cortesanas para el placer, concubinas para atender las necesidades diarias del cuerpo, esposas para procrear hijos legítimos y guardar los bienes de la casa".

La domesticación de la mujer según se desprende de las leyes, fue clara; las mujeres respetables, en teoría no tenían vida fuera de la casa; aunque parece evidente que la posición de la mujer variaba considerablemente según la clase social, el tiempo y el lugar. Con todo, los hombres y las mujeres vivían con frecuencia vidas separadas. Mientras que los hombres dominaban la vida pública del foro político, el gimnasio y el simposio, las mujeres controlaban la esfera doméstica. Esparta se hizo famosa por las libertades de que gozaron sus mujeres, pero en el resto de Grecia se imponía el ideal de sumisión y reclusión femenina.


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La mujer en la antigua grecia

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Figuras de terracota de Tanagra

Terracota de Tanagra (Grecia) figura de una mujer con un sombrero para el sol, siglo III a.C. Las piezas de este estilo y época llevan el nombre de “Tanagras”, lugar de Beocia en Grecia Central donde miles de figuras similares fueron desenterradas en la década de 1870. Figuras de hombres, niños y actores cómicos también fueron encontradas en Tanagra, pero las más abundantes fueron las femeninas. El principal atractivo de estas piezas radica en su postura casual y su ropa que generalmente consiste en una túnica usada debajo de una capa más gruesa o himation. Estas prendas estaban originalmente revestidas de colores brillantes de los cuales como se observara en esta pieza nada ha quedado.

La mayoría de figuras de Tanagra se han encontrado en tumbas, donde pueden haber sido colocadas, ya sea como ofrendas a los dioses del inframundo, o para proporcionar comodidad a los muertos.

La mayoría de figuras de Tanagra se realizaron a partir de dos moldes principales, trasero y delantero, con la cabeza hecha en uno o dos moldes más y unidos por medio de una espiga larga insertada a través de la parte superior de los hombros. La parte trasera de algunas figuras es tan detallada como la parte delantera. Después de la cocción, la pieza era recubierta con una solución de yeso o arcilla blanca, y luego se agregaban los colores sobre la misma.


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De la antigüedad griega ha sobrevivido el nombre de Aspasia, hetaira que tuvo una gran influencia en el siglo de Pericles, s. V aC. Mira esta aproximación a su figura.


Mira este pequeño documental sobre la vida de la mujer en la Grecia clásica.






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Roma transmitió y perpetuó el concepto griego que pesaba sobre las mujeres. La diferencia radica en que la sociedad romana fue más permisiva con las mujeres que la griega, y, sobre todo las mujeres patricias de las clases elevadas, llegaron a poseer algunos priviliegios insospechados hasta entonces.
Dama romana de la época de los Flavios (siglo I d.C.) Luce un tocado digno de una dama francesa de la corte del Rey Sol en el siglo XVIII.
Mujer con tablilla encerada y estilo pompeyano. Las mujeres nobles tenían acceso a la educación.




















De este modo, y siguiendo el discurso general de desprestigio de la mujer, algunas creencias populares atribuían a las mujeres poderes casi mágicos. Su leche, afirmaba Plinio el Viejo (23-79 d.C.), curaba fiebre y gota, su pelo quemado servía para aliviar verrugas y úlceras, y su flujo menstrual -lo más potente de todo- podía matar gusanos, sabandijas y escarabajos, destruir cosechas, arruinar colmenas, empañar espejos, oxidar metales, desafilar navajas y causar abortos a las yeguas.


Las mujeres de clases sociales elevadas tenían motivos para estar interesadas en la anticoncepción. En primer lugar, tendían a casarse más jóvenes que las plebeyas y por lo tanto su período de fertilidad era potencialmente más largo. Se inclinaban menos a amamantar a sus hijos, privándose así de la protección natural contra el embarazo asociada con la lactancia prolongada. Y finalmente, podían acariciar la esperanza de que al restringir su fertilidad garantizarían mejor el patrimonio de los hijos ya existentes. Desde luego, sus intentos para limitar la familia sugieren no tanto una aversión por los niños como una preocupación por su bienestar. En resumen, tenían mucho que ganar al restringir la fertilidad, y mucho que perder si no lo hacían. La fertilidad era alabada y recompensada. La maternidad realzaba la categoría de la mujer y durante el gobierno de Augusto se concedían privilegios a las mujeres que tenían más de tres hijos. Había casos excepcionales de esposas fértiles que eran "compartidas". Se conocen varios casos famosos de hombres que hacían alianzas y casaban a sus mujeres embarazadas con amigos. San Agustín (354-430 d.C.) también informó de casos de "madres sustitutas" en el imperio cuando una esposa estéril daba permiso a su marido para tener un hijo con otra mujer que luego ella criaba como propio.






Mujeres en bikini, mosaicos de la Villa del Casale, Sicilia, s. II-III dC. La modernidad con que las mujeres del bajo imperio se manifestaban en los juegos, en los baños..., nos asombra a ojos actuales.



Las Tres Gracias, fresco pompeyano, s I.
Como se ve, el desnudo tenía otra consideración en la época anterior al cristianismo.

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Sorano de Efeso, un médico griego que practicaba en la época de Trajano (98-117 d.C.) y Adriano (117-138 d.C.), fue el mejor escritor romano de temas ginecológicos. Negó que las mujeres tuvieran semen, al tiempo que discutía la opinión de Aristóteles de que los hombres y las mujeres eran radicalmente diferentes. Señaló que las mujeres cantantes, atletas y muchas mujeres robustas jóvenes y adultas no menstruaban. Afirmaba que la mujer que envejecía antes de tiempo por numerosos partos era como un campo esquilmado. Sorano reconocía que las presiones sociales para casarse y tener hijos eran abrumadoras, su consejo era que la buena esposa y madre fuera suficientemente sabia para conservar su salud mediante la insistencia en abstinencias periódicas. La fecundidad era tan importante, que algunos, convencidos de que su esterilidad era causada por sus enemigos a través de la magia negra, se protegían con talismanes y colgantes.




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